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El pueblo de
los castigos
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Primer
castigo:
Cuéntase que allá en el año 1230 pasaron el Rey Fernando III El Santo y
su madre Doña Berenguela por Villardefrades, en viaje de paso por
estas tierras, para dirigirse a posesionarse del
Reino de León tras la muerte de su padre Alfonso IX. Al llegar al pueblo
se le recibió oscamente y en escaso numero de vecinos. El Rey vio como
muestra de desacato al poder real
este proceder del
vecindario, y ordenó que las tierras de labor fueran sembradas de sal,
provocando así que el terreno quedase
estéril y sin cosechas por un tiempo. |
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Segundo
castigo
Una vez más la fatalidad somete al pueblo de Villardefrades esta vez al
fuego, causado por orden del Cardenal Cisneros, tercer Inquisidor General
de Castilla y regente de la misma a
la muerte de Fernando el Católico.
El pueblo hubo de sufrir tan magno castigo debido a su adhesión a
una rebelión contra el Rey protagonizada por el Conde de Urueña, a quien
pertenecían estos territorios. Debido al alzamiento contra la
monarquía del mencionado Conde, como represalia el
pueblo ardió casi en su totalidad entre los clamores de odio y piedad del
vecindario. Aún con la exigencia implacable del Cardenal del más
estricto cumplimiento de su orden, la draconiana sentencia no fue aplicada
en su totalidad, salvándose muy pocas casas de las llamas, gracias a la
intervención piadosa del Capitán de las Guardias Reales Garci Alonso de
Ulloa. |
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Tercer
castigo Ya
en tiempos recientes, el 7 de julio
de 1951 una nueva desgracia se cierne sobre este pacífico
pero maltratado pueblo de Villar. Era
sábado por la tarde, y el cielo se oscurece con rapidez cubriéndose de
grandes nubes que se cierran, para dar comienzo a una tormenta de
verano. La lluvia es abundante y se torna en torrencial en aquellos altos
que circundan el pueblo (Almaraz, La Tuda, Jano). Las aguas bajan con
rapidez al valle que Villar ocupa y en poco tiempo se ve inundado. El agua
comienza a elevarse en las casas, y sigue bajando del monte
arrastrando la maleza del campo recién segado que anega las salidas de
agua. Las dos lagunas ( San Pedro y San Pelayo) no alcanzan a recoger la
gran y repentina tromba. Las gentes se ponen a salvo donde pueden. Las
pérdidas fueron importantes, como consecuencia treinta casas se vieron
derrumbadas.
No hubo que lamentar pérdidas humanas. |
A través de los
tiempos hemos podido observar cómo tristes acontecimientos se han desarrollado
en la historia de Villardefrades, haciendo de este pueblo un lugar castigado con
los devastadores elementos de la sal, el fuego y el agua.
Cristina de Castro
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