22/4/09

Villardefrades

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Página creada por Cristina de Castro

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El pueblo de los castigos

Primer castigo:
Cuéntase que allá en el año 1230 pasaron el Rey Fernando III El Santo y su madre Doña Berenguela  por Villardefrades, en viaje de paso por estas tierras, para dirigirse a posesionarse del Reino de León tras la muerte de su padre Alfonso IX. Al llegar al pueblo se le recibió oscamente y en escaso numero de vecinos. El Rey vio como muestra de
desacato al poder real este proceder del vecindario, y ordenó que las tierras de labor fueran sembradas de sal, provocando así que el terreno quedase estéril y sin cosechas por un tiempo.

 

Segundo castigo
Una vez más la fatalidad somete al pueblo de Villardefrades esta vez al fuego, causado por orden del Cardenal Cisneros, tercer Inquisidor General de Castilla y regente de la misma a la muerte de Fernando el Católico.
 El pueblo hubo de sufrir tan magno castigo debido a su adhesión a una rebelión contra el Rey protagonizada por el Conde de Urueña, a quien pertenecían estos territorios. Debido al alzamiento contra la monarquía del mencionado Conde, como represalia el pueblo ardió casi en su totalidad entre los clamores de odio y piedad del vecindario. Aún con la exigencia implacable del Cardenal del más estricto cumplimiento de su orden, la draconiana sentencia no fue aplicada en su totalidad, salvándose muy pocas casas de las llamas, gracias a la intervención piadosa del Capitán de las Guardias Reales Garci Alonso de Ulloa. 

 

Tercer castigo

Ya en tiempos recientes, el 7 de julio de 1951  una nueva desgracia se cierne sobre este pacífico pero maltratado pueblo de Villar. Era sábado por la tarde, y el cielo se oscurece con rapidez cubriéndose de grandes nubes que se cierran, para dar comienzo a una tormenta de verano. La lluvia es abundante y se torna en torrencial en aquellos altos que circundan el pueblo (Almaraz, La Tuda, Jano). Las aguas bajan con rapidez al valle que Villar ocupa y en poco tiempo se ve inundado. El agua comienza a elevarse en las casas,  y sigue bajando del monte arrastrando la maleza del campo recién segado que anega las salidas de agua. Las dos lagunas ( San Pedro y San Pelayo) no alcanzan a recoger la gran y repentina tromba. Las gentes se ponen a salvo donde pueden. Las pérdidas fueron importantes, como consecuencia treinta casas se vieron derrumbadas. 
No hubo que lamentar pérdidas humanas.   

 

A través de los tiempos hemos podido observar cómo tristes acontecimientos se han desarrollado en la historia de Villardefrades, haciendo de este pueblo un lugar castigado con los devastadores elementos de la sal, el fuego y el agua.

Cristina de Castro


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